La tarde en la que se detuvo el tiempo

Cada uno de nosotros vivió su propia DANA. Cada vecino tiene una hora grabada a fuego en la memoria, un instante preciso en el que su vida se paralizó.

Todo empezó mucho antes de la hora crítica del 29 de octubre de 2024. Tenía programada una reunión a las 19:00 h en Massanassa. Sin embargo, por la mañana, mi madre, M. Gertru, vio lo que ya estaba empezando a ocurrir en Utiel y Chiva. Con una intuición implacable y sin información oficial, se plantó ante mí y me exigió que cancelara la Junta. Ella sola, guiada por el puro instinto, previó la emergencia muchísimo mejor que cualquier organismo público. Si hubiera ido a Massanassa, la historia habría sido muy distinta.

Hay algo que la gente que no lo vivió aquí no termina de comprender: ese día en nuestro pueblo no llovió. El cielo no nos avisó con una tormenta sobre nuestras cabezas. Lo que sucedió fue que los barrancos se desbordaron de golpe, soltando una lengua de agua y lodo salvaje que lo engulló todo a su paso.

A las 18:40 h sonó mi teléfono. Era mi Directora llamando desde Catarroja, con el miedo metido en el cuerpo: «CALLES INUNDADAS». Gracias a su aviso providencial y al freno de mi madre por la mañana, Corrí a casa, en otro pueblo de L'Horta Sud— y empecé a subir todo lo que pude a la casa de mi padre.

De ahí fui corriendo a casa de mi abuela. -Encarnita! Ve molta aigua! - Pero... has sopat???! (Maravillosa.) Nos pusimos a levantar barricadas improvisadas de forma desesperada, empujando lo que teníamos a mano para frenar una fuerza que sabíamos imparable. Recuerdo perfectamente ese pensamiento: en ese momento, te sientes la persona más perjudicada del mundo. Crees que tu angustia, tu rabia y el agua entrando en la casa de tu abuela son el centro del universo.

Qué poco sabíamos de la magnitud del monstruo al que nos enfrentábamos.

Al amanecer, la burbuja de pensar "¿Qué me ha pasado?" se rompió en mil pedazos. El panorama exterior era dantesco. En cuanto pudimos limpiar mínimamente las casas, nos pusimos las botas y salimos a la calle. Fuimos a ayudar en lo que se pudiera: entregando comida, cargando mochilas con suministros para llevarlos a pie a los pueblos vecinos más golpeados y achicando agua en los garajes de los demás. Esto por las tardes, claro.

La realidad profesional llamó a la puerta sin anestesia: 50 de las comunidades que administrábamos habían sufrido daños severos.

Ahí radicaba el siguiente drama: zaguanes destrozados, ascensores inservibles, garajes inundados y familias enteras desesperadas que miraban hacia nosotros buscando respuestas que ni las propias autoridades tenían. El caos de los primeros días fue una prueba de resistencia psicológica brutal. Eso si, revisión acompañada de arritmias de cada seguro y, afortunadamente, todos en vigor

Pronto el fango de la calle se trasladó a los papeles. Tuvimos que aprender a contrarreloj cómo funcionaba el Consorcio de Compensación de Seguros, lidiando con plazos estrictos, papeleo infinito y peritos desbordados. En medio de ese río revuelto, el despacho empezó a asumir todavía más fincas que venían buscando auxilio porque se habían quedado desamparadas.

En mayo de 2025 llevamos a cabo un plan que ya estaba previsto desde antes de la catástrofe: cambiar la oficina de ubicación. El local anterior ya estaba completamente agotado, así como un cambio de socios en la empresa

Hacer una mudanza en plena posguerra de la DANA fue una auténtica locura. En ese preciso momento de transición, nos entró todavía una avalancha mayor de faena.:

  • Comunidades atrapadas en situaciones de infraseguro (donde la póliza no cubría la totalidad del desastre real).

  • Fincas que, trágicamente, estaban sin asegurar.

  • Conflictos técnicos y humanos que requerían semanas de reuniones y mediaciones.

18 meses después de aquella tarde en la que los barrancos dictaron su ley, miro los expedientes y casi no puedo creerlo. Este despacho ha gestionado con éxito 90 expedientes DANA, lo que se ha traducido en más de 4 millones de euros en indemnizaciones recuperadas para nuestros vecinos.

Las familias sufrieron lo indecible en sus casas, pero lo que se sufrió de puertas para adentro en este trabajo es algo dificilísimo de explicar.

Soy el primero en equivocarme, en perder fincas por incumplir las expectativas de vecinos, en no siempre poder atender el teléfono personalmente y un cúmulo de fallos en los que continuamente seguiré trabajando para mejorar.

Pero no para esto publico este post. No es solo un desahogo necesario, sino como un reconocimiento infinito a mi equipo. Se lo merecen todo. Nos dejamos la piel, la salud y las lágrimas en esas mesas, pero entre todos sacamos esto adelante.

Demostramos estar en la primera línea del frente en el momento más difícil y complicado de nuestra mi vida. No nos rendimos.

La cicatriz del 29 de octubre se queda con nosotros, pero el miedo ya se ha marchado. Hemos salido de la tormenta más fuertes, más humanos y más preparados que nunca. El despacho sigue en pie y nosotros también.

¡A por todas!

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